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 Fuente: La Nacion ¿Es una gordita cuarenta y pico de Villa Devoto o una flaca con personal trainermás avispada que la sauvignon blanc?
Esta es una historia ocurrida hace algún tiempo sobre un encuentro que
tuve en el restaurante Chila con el tycoon bon vivant y vinicultor
mendocino amigo mío Enrique Pescarmona, persona sobria, además de
alerta sobre todo cuanto ocurre en estas chatas lontananzas de la
tierra.
Fuente: La Nación
El es propietario de una punta de cosas y también de Lagarde, antigua deliciosa bodega de Luján de Cuyo. Yo, por mi parte, no tengo posesión alguna; pero igual me las arreglo.
La elección de Chila no fue arbitrio de la casualidad, sino dispuesta por descarte: es uno de los pocos reductos gourmet de Buenos Aires que, además de tener un menú excelente, se preocupa por preservar a sus clientes del griterío ambiental fashion a la moda. Dato clave para quienes defienden las good manners del hablar bajito.
Así que a Pescarmona le entendí clarito cuando habló sobre el viognier. En su momento él lo había traído desde Francia, implantado en Mendoza, equilibrado las viñas con raíces bien profundas, y vinificado una partida con estrictos recaudos high tech. Ahora, colocando sobre la mesa una botella que había pedido refrescar, me preguntó, tac, en vivo y en directo, qué sabía yo de este cepaje. "Un total corno a la vela seca", fue mi respuesta, con preclara honestidad.
Mi enroque corto le gustó. Con Enrique, ya se sabe, nunca te metas en blablá ninguno porque, aunque parezca distraído, te está escrutando punta a punta fondo de ojo, radiografías hasta el mango style. Tiene ganadas discusiones de negocios hasta con banqueros japoneses, así que ojo. Boca chiusa, descorchamos ahí nomás la botella, giramos en las copas su vino blanco con reflejos dorados, yo respiré sus aromas orientados más bien hacia la fruta que a la fragancia, y mandé un sorbo exploratorio a recorrer mi paladar.
Bien, lo encontré bien, sin agresiones de madera ni la seca acidez tartárica de los blancos europeos. En la boca se entendió total con un carpaccio suave de pescado. Lo medité, más que reflexioné, un buen rato. Pero al final no conseguí que me gustara.
No por malo, pues era un rico vino, sino porque en el vamos inicial no le vi claro el para qué. Entre nuestros blancos, el delicado chardonnay de Tupungato va genial con la ostra en gelatina atlántica del chef Falchi en Le Sud-Sofitel; el alocado sauvignon blanc, con el sashimi japonés; el gewürztraminer de Maipú, con todo soufflé francés; y el semillón de Alto Agrelo hace del hojaldre salado aperitif de La Bourgogne un bocado mágico. Pero, ¿y el viognier?
"¿Qué opinás?", dijo Pescarmona. "Buenísimo", dije yo. Qué turro, pensará usted. Pero, ¿qué vas a contestar?, pregunto yo. Un querido amigo te trae un viognier propio, con toda la ilusión, y no podés decirle "a mí no me movió un pelo".
Pero continúo. En los años 90, dos viognier aparecieron juntos en Mendoza: el Lagarde y otro de bodega Escorihuela. El Lagarde era mejor y, según lo fui tomando, le encontré la vuelta y lo adopté. Hoy es uno de mis favoritos.
Su clave es actuar entre los blancos con deschaves sensuales cautelosos, manteniendo en ese aspecto una prudente equidistancia entre el chardonnay y el sauvignon. El chardonnay, por supuesto, con el sexo nada, ni se le ocurre; es una señora seria que no da pie. Antípoda, el sauvignon blanc es demasiado "for the taking": muy todo al aire y en vaivén; medio que exagera. En cambio, al viognier se lo ve como una piernas largas de Villa Devoto que, merodeando los cuarenta y pico (bien lozanamente repartidos), es asidua del Chanel número 5 y de costumbres hasta ahí. Esto es: acepta sin remilgo el muy muy muy, pero esquiva pudorosa el tan tan tan. Piense en todo esto cuando descorche una botella.
Fuente: Brascó - La Nación
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