| Aparta de mí ese cáliz |
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| 21 de abril de 2008 11:07 | ||||||||
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Cada vez exportado con mayor ahínco, el varietalmente despersonalizado torrontés salteño plantea perplejidades y desconciertos al consumidor interno. A mi más o menos nutrido portfolio de perplejidades pienso a veces que debería agregar la de por qué reflexiono tan asiduo y tal vez al cuete sobre el vino torrontés. No entiendo bien qué pasa aquí. Aunque nunca me gustó y bien poco lo tomé a lo largo de mi vida, habría que ver por qué hoy me genera desconcierto. Tenés con él una relación neurótico-abandónica pendular, me devela Manuel Mas. Que no es mi terapeuta, sino un querido amigo y bodeguero predilecto. La macana es que tengo poco tiempo para elaborarla. No me gustaba el torrontés cuando, bien joven, yo compartía en Salta con Ariel Ramírez, el Cuchi Leguizamón, el barba Manuel Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, etc., alucinantes jam sessions de poesía y chacareras truncas sincopadas folk. Era un blanco tipo herbáceo y muy rústico de la gleba, terpénico hasta la exageración, y bien amargo al final, que en esas noches blancas se tomaba tupido, con un sostén ajiaco de empanadas. Sobre todo por alcohólico espiritualizador, y por toraba, dada su productividad en la viña, nunca menos de 400 quintales por hectárea. Con él no cabían actitudes intermedias: se lo amaba (era adictivo) por salvaje y entrador, o se lo rechazaba total por idénticas razones. Yo militaba –paladar de matices en vez de impactos– en el grupo negatif: me era imposible tomar más de una copa. Entonces, ¿por qué me molestó que los vinificadores salteños le quitaran la densidad terpénica? Un logro, me parece, de José Luis Mounier, que trabajó a las órdenes de Michel Rolland en sus primeras visitas al país, años 80. Por indicación del virtuoso bodeguero cafayateño Arnaldo Etchart. Lo consiguieron, pero castrándole sus virilidades. Dejó de ser la agresiva opción que había sido para funcionar como vinito contemporizador. “Pero si volviera a ser como antes –me insiste Mas– ¿ahora sí lo tomarías?” Y yo contesto: no. Porque no son los terpenos del torrontés; es la diversidad intrínseca absoluta de los vinos argentinos lo que defiendo aquí. Que el malbec siga siendo rojo azulado y de fragancia fruta bien malbec y no púrpura negro y de aromas neutros al estilo New World Wine; que el merlot se mantenga rojo liviano y de paladar sensualito y malintencionado, y no negro y sin aromas como el malbec; que el torrontés vuelva a ser un galope de caballos en pelo por la viña, y no el fifí que está creciendo ahora como moda export. Stop: paren la mano con las fotocopias globalizadoras. Indice alentador de este eventual recupero es la actual cosecha 2007 de Elementos Torrontés El Esteco ($ 16). El año pasado era apenas un glamoroso jugo de uvas pipí cucú y ahora aparece más alcohólico (13.5º) y con virtuosos amagos de reterpenizado, acaso mediante la buena idea de un corte moscatel. Otro, el Alta Vista Torrontés ($ 22), que los salteños Argerich, padre e hijo, y Rubén Sfragara reorientan de algún modo hacia sus perfiles originales. Y finalmente el Quara ($ 12) cafayateño de Rodolfo Lávaque (El Recreo). Menos interesante es el Luigi Bosca Torrontés La Linda ($ 22), cuyos aromas la propia bodega describe como “a rosa mosqueta y algo de lavanda”. Nada que ver.
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