Historias mínimas de un callejón Imprimir E-Mail
11 de abril de 2010 20:26
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Historias mínimas de un callejón
Historias mínimas de un callejón
La diáspora viñatera. El éxodo hacia los suburbios urbanos. Intentos para volver a la tierra.

Fuente: Los Andes

En cuanto la TAC volvía a arrancar dejándome en la banquina de la vieja ruta 7, detrás del humo aparecían mis viejos, ataviados como para la fiesta. Junto al sauce del puente, la vieja Mora atada al sulky. Era un ritual, que se repetía cada verano al terminar las clases, cuando diciembre calcinaba la arena del callejón de los Fredes, en Las Catitas. Desde la punta hasta lo del tío Eulogio, en el fondo, donde empezaba el desierto, había 12 fincas, todas chiquitas.

Prendidas al canal de agua escasa y compuertas que se abrían y cerraban según el reloj del Polaco, el tomero. Nada exótico: uvas rústicas sin linaje (habían arrancado las finas francesas porque "rendían poco"), duraznos para la industria y ciruelas para secar.

Los 12 del callejón. En torno a esa cinta de arenas, vi anhelos y miserias, cosechas y granizo; subsidios que se esfumaron sin edificar nada. Los 12 del callejón vivían de la tranquera para adentro, como habían aprendido de sus mayores; prendidos de uvas rústicas, antigua labranza y rendimiento pobre.

Ninguna información, poca curiosidad por el mundo más allá de sus tranqueras. La asociación era casi temida; las cooperativas, sospechadas. Preferían su soledad, sus tradiciones, esperando el milagro de un año mágico.

Si la uva sobrevivía al granizo, la llevaban al bodeguero de siempre (en la villa de Santa Rosa), sin preguntar condiciones: después "arreglaban". Desconfiaban del bodeguero, cuyo negocio preferían ignorar. Y "del gobierno". Ni hablar de "las sociedades".

Al callejón entraban personajes exóticos que vendían todo a bordo de carretones fascinantes. Pero recuerdo inusual la visita de agrónomos o técnicos para mejorar las viñas o lo que quedaba de ellas. "¡Qué me van a enseñar estos pitucos a trabajar la viña!", se cerraba mi Manuel. Dios dirá. Ya decidirá el Destino.

A los 12 no les interesaba la suerte del vino que elaboraba su bodeguero en la villa, ni se imaginaron que les convenía saberlo. Se recelaban por mutuos faltazos: "Cada uno en lo suyo". No recuerdo haberles oído contar que el bodeguero de Santa Rosa hubiera ido al callejón para charlar sobre el tipo de uva que necesitaba para sus vinos (temía compromisos, supongo).

A veces hubo "un adelanto para cosechar" cuando ya pintaban las uvas (sólo si había interés por los racimos ese año). Y el péndulo: "año del viñatero" -cuando la uva escaseaba- y "año del bodeguero", cuando abundaban los racimos.

Encima, recelos entre "los del Este" y los de la Primera Zona, entre los del borde del Mendoza con los de la ribera del Tunuyán. Entre bodegueros chicos y los grandes de prosapia europea. Entre los trasladistas y los embotelladores. Entre damajuaneros y "los del fino". Entre mendocinos y sanjuaninos.

Para acordar -misión imposible- había que tender muchas mesas y bancar pasiones opuestas (¿Se acuerdan de las trompadas de los Almuerzos de las Fuerzas Vivas?). Y, como la helada o el granizo, también por el canal del callejón -solían contar mis viejos- corrió el vino sobrante, sin valor ni lugar para la espera.

Viaje al silencio. Después del velatorio del tío Eduardo, hace unos años, me di una vuelta por el callejón. De aquellos 12 pequeños gladiadores, sólo quedaban jirones de historias en el boliche de la villa: abandonaron, vendieron barato, cedieron, después del granizo, la helada, el rendimiento magro, los costos altos, la vida chata y pobre, los hijos lejos.

El Estado los había asistido, pero tras cada subsidio, nueva frustración. Habían aguantado aferrados a su cultura solitaria, desconfiada.

Todo se precipitó en el callejón, cuando los hijos se fueron a la Gran Ciudad. La diáspora es conocida: más de 20.000 pequeños viñateros desaparecieron entre los '70 y fines de los '90 (sobraba el vino barato y se tomaban 90 litros per cápita. Hoy, 23). Se esfumaron 100.000 hectáreas de viñedos. Varios bodegueros chicos bajaron la persiana. También grandes, de familias históricas, hijas de los inmigrantes famosos.

Pero aún, el 85% de los viñateros que sobreviven hoy en día (alrededor de 25.000) trabajan fincas de menos de 15 hectáreas. El prototipo promedio: gente mayor de 60 años, con los hijos lejos, ajenos a la finca.

La asociatividad sigue escasa: el 85% trabaja aislado. "Los desertores del arado", como dicen en España. Salvo los 5.000 viñateros chicos asociados a las 31 cooperativas de Fecovita (la mayor envasadora del país, una cadena integrada para producir, elaborar y vender, con viñateros asociados).

Nuestra diáspora. Hace pocos años, Marcelo Ciró -gran docente e historiador de Santa Rosa- vino a casa bregando por su gente. Durante horas y mates, sugirió lo mismo que Draghi Lucero en los '80: "¡Volver a la tierra!".

"El desarraigo es frustración social, pobreza y eleva el costo del Estado asistencial", decía.

Pedía políticas para dignificar la vida en las fincas: integrar, asociar a los productores chicos para sumarlos al negocio, repetía. Había enseñado toda su vida en Santa Rosa, Las Catitas y La Dormida: "Para el Estado es más barato invertir en mejorar condiciones de vida en el campo y calificar la economía de esa gente, que bancarlos como miserables en las villas de la ciudad o las barriadas pobres del Gran Mendoza. Hay que asociarlos, integrarlos y hacer que se queden, que vuelvan los muchachos", repetía como letanía.

Inmensos, ambos maestros -Draghi, Ciró- sabían que el subsidio sin cambiar la cultura productiva sólo anestesia el aislamiento y sostiene la miseria. "Si les hubiéramos enseñado a asociarse, a hurgar en el conocimiento y la tecnología, sumándose al resto de su cadena productiva, hoy habría mejor vitivinicultura, menos villas miseria en la ciudad y mejor vida en el campo", decía Marcelo antes de su última clase en la Tierra.

Como Draghi a los Laguneros, Ciró les siguió el rastro a los 12, incluida mi gente. Me dejó artículos en los que recreaba cómo terminaron aquellas historias mínimas: dispersión familiar, en muchos casos miseria, alistamiento en Planes Trabajar, Jefas y Jefes, Tickets Canasta y otros modelos de salvataje oficial.

Uno de los Pereyra -sobreviviente en Las Catitas- me contó que hay más tecnología en las 2 mega-fincas del callejón. Aquí, en los bordes de la ciudad, aumentó el número de planes de asistencia. Muchos de los hijos de aquellos 12 y los hijos de sus hijos, rondan el infierno en las noches urbanas, rota su pertenencia, aferrados a la nada.

¿Volver a la tierra?

Después de un siglo de crisis, enfrentamientos, desintegración familiar y éxodo hacia las ciudades, la propia vitivinicultura hizo su diagnóstico desde Río Negro hasta Salta. Se dio una estrategia: el PEVI -plan estratégico 2004-2020- que prevé conseguir más calidad, mejores precios y mercados mundiales.

Es una apuesta social: plantea integrar a los más chicos (el 85 o 90% de sus protagonistas) al negocio. Es el modelo europeo que trajeron los que vinieron de los barcos (el promedio de superficie por finca no pasa de las 9 o 10 hectáreas).

La Corporación del Vino -mesa pública no estatal, en la que están todos con voz, voto y aportes- consiguió el apoyo del BID para rescatar del infierno a más de 2.000 viñateros chicos, aislados y en la miseria. Procura renovar sus viñas, capacitarlos y asociarlos a sus bodegueros por contrato de 10 años, con asesoramiento técnico.

El ministro Mercau promete cambiar "el subsidio asistencialista por un apoyo de carácter productivo". El Fondo de Transformación, ha empezado a priorizar la ayuda crediticia a los productores que se asocian. Intentos para otra cultura. El asunto es evitar el éxodo, sumándolos al negocio.

Fuente: Por Gabriel Bustos Herrera - Especial para Los Andes  

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